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Breve Selección de Poemas;
DETENTE SOMBRA
Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo
que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus
gracias, atractivo, sirve mi pecho de obediente acero, ¿para qué me enamoras lisonjero si has de burlarme luego fugitivo?
Mas
blasonar no puedes, satisfecho, de que triunfa de mí tu tiranía: que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que
tu forma fantástica ceñía, poco importa burlar brazos y pecho si te labra prisión mi fantasía.
REDONDILLAS
Hombres necios que
acusáis a la mujer, sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual solicitáis
su desdén, por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia y luego, con gravedad, decís
que fue liviandad lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco, al niño que
pone el coco y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia, hallar a la que buscáis para prentendida,
Thais, y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña
el espejo y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan
mal, burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana, pues la que más se recata, si no os admite, es
ingrata, y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por
cruel y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?, ¿si la que
es ingrata ofende, y la que es fácil enfada?
Mas, entre el enfado y la pena que vuestro gusto refiere, bien
haya la que no os quiere y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas, y después
de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada: la que
cae de rogada, o el que ruega de caído?
¿O cuál es de más culpar, aunque cualquiera mal haga; la que peca
por la paga o el que paga por pecar?
¿Pues, para qué os espantáis de la culpa que tenéis? Queredlas cual las
hacéis o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar, y después, con más razón, acusaréis la afición de
la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia, pues en promesa e instancia juntáis
diablo, carne y mundo.
FINJAMOS QUE SOY FELIZ
Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato; quizá
prodréis persuadirme, aunque yo sé lo contrario, que pues sólo en la aprehensión dicen que estriban los daños, si
os imagináis dichoso no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento alguna vez de descanso, y no siempre
esté el ingenio con el provecho encontrado. Todo el mundo es opiniones de pareceres tan varios, que lo que el
uno que es negro el otro prueba que es blanco.
A unos sirve de atractivo lo que otro concibe enfado; y lo
que éste por alivio, aquél tiene por trabajo.
El que está triste, censura al alegre de liviano; y el que esta
alegre se burla de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos bien esta verdad probaron: pues lo que
en el uno risa, causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición ha sido por siglos tantos, sin que cuál acertó,
esté hasta agora averiguado.
Antes, en sus dos banderas el mundo todo alistado, conforme el humor le dicta, sigue
cada cual el bando.
Uno dice que de risa sólo es digno el mundo vario; y otro, que sus infortunios son sólo
para llorados.
Para todo se halla prueba y razón en qué fundarlo; y no hay razón para nada, de haber razón
para tanto.
Todos son iguales jueces; y siendo iguales y varios, no hay quien pueda decidir cuál es lo más
acertado.
Pues, si no hay quien lo sentencie, ¿por qué pensáis, vos, errado, que os cometió Dios a vos la
decisión de los casos?
O ¿por qué, contra vos mismo, severamente inhumano, entre lo amargo y lo dulce, queréis
elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento, ¿por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan
agudo para el daño?
El discurso es un acero que sirve para ambos cabos: de dar muerte, por la punta, por el
pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro queréis por la punta usarlo, ¿qué culpa tiene el acero del
mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer discursos sutiles, vanos; que el saber consiste sólo en elegir
lo más sano.
Especular las desdichas y examinar los presagios, sólo sirve de que el mal crezca con anticiparlo.
En
los trabajos futuros, la atención, sutilizando, más formidable que el riesgo suele fingir el amago.
Qué feliz
es la ignorancia del que, indoctamente sabio, halla de lo que padece, en lo que ignora, sagrado!
No siempre
suben seguros vuelos del ingenio osados, que buscan trono en el fuego y hallan sepulcro en el llanto.
También
es vicio el saber, que si no se va atajando, cuando menos se conoce es más nocivo el estrago; y si el vuelo no
le abaten, en sutilezas cebado, por cuidar de lo curioso olvida lo necesario.
Si culta mano no impide crecer
al árbol copado, quita la sustancia al fruto la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera no estorba lastre
pesado, sirve el vuelo de que sea el precipicio más alto.
En amenidad inútil, ¿qué importa al florido campo, si
no halla fruto el otoño, que ostente flores el mayo?
¿De qué sirve al ingenio el producir muchos partos, si
a la multitud se sigue el malogro de abortarlos?
Y a esta desdicha por fuerza ha de seguirse el fracaso de
quedar el que produce, si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego, que, con la materia ingrato, tanto
la consume más cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio Señor tan rebelado vasallo, que convierte en
sus ofensas las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio, este duro afán pesado, a los ojos de los hombres dio
Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva de nosotros olvidados? Si es para vivir tan poco, ¿de
qué sirve saber tanto? ¡Oh, si como hay de saber, hubiera algún seminario o escuela donde a ignorar se enseñaran
los trabajos!
¡Qué felizmente viviera el que, flojamente cauto, burlara las amenazas del influjo de los astros!
Aprendamos
a ignorar, pensamiento, pues hallamos que cuanto añado al discurso, tanto le usurpo a los años.
PUES ESTOY CONDENADA
Pues estoy condenada, Fabio, a la muerte, por decreto tuyo, y la sentencia airada ni la apelo, resisto ni
la huyo, óyeme, que no hay reo tan culpado a quien el confesar le sea negado.
Porque te han informado, dices,
de que mi pecho te ha ofendido, me has, fiero, condenado. ¿Y pueden, en tu pecho endurecido más la noticia incierta,
que no es ciencia, que de tantas verdades la experiencia?
Si a otros crédito has dado, Fabio, ¿por qué a tus
ojos se lo niegas, y el sentido trocado de la ley, al cordel mi cuello entregas, pues liberal me amplías los rigores y
avaro me restringes los favores?
Si a otros ojos he visto, mátenme, Fabio, tus airados ojos; si a otro cariño
asisto, asístanme implacables tus enojos; y si otro amor del tuyo me divierte, tú, que has sido mi vida, me des muerte.
Si
a otro, alegre, he mirado, nunca alegre me mires ni te vea; si le hablé con agrado, eterno desagrado en ti posea; y
si otro amor inquieta mi sentido, sáqueseme el alma tú, que mi alma has sido.
Mas, supuesto que muero, sin resistir
a mi infeliz suerte, que me des sólo quiero licencia de que escoja yo mi muerte; deja la muerte a mi elección medida, pues
en la tuya pongo yo la vida.
ESTA TARDE MI BIEN
Esta tarde, mi bien, cuando
te hablaba, como en tu rostro y tus acciones vía que con palabras no te persuadía, que el corazón me vieses deseaba;
y
Amor, que mis intentos ayudaba, venció lo que imposible parecía: pues entre el llanto, que el dolor vertía, el corazón
deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste: no te atormenten más celos tiranos, ni el vil recelo
tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos, pues ya en líquido humor viste y tocaste mi corazón
deshecho entre tus manos.
ESTOS VERSOS LECTOR MIO
Estos versos, lector
mío, que a tu deleite consagro, y sólo tienen de buenos conocer yo que son malos, ni disputártelos quiero, ni
quiero recomendarlos, porque eso fuera querer hacer de ellos mucho caso.
No agradecido te busco: pues no debes,
bien mirado, estimar lo que yo nunca juzgué que fuera a tus manos. En tu libertad te pongo, si quisieres censurarlos; pues
de que, al cabo, te estás en ella, estoy muy al cabo.
No hay cosa más libre que el entendimiento humano; pues
lo que Dios no violenta, por qué yo he de violentarlo?
Di cuanto quisieres de ellos, que, cuanto más inhumano me
los mordieres, entonces me quedas más obligado, pues le debes a mi musa el más sazonado plato (que es el murmurar),
según un adagio cortesano. Y siempre te sirvo, pues, o te agrado, o no te agrado: si te agrado, te diviertes; murmuras,
si no te cuadro.
Bien pudiera yo decirte por disculpa, que no ha dado lugar para corregirlos la priesa de
los traslados; que van de diversas letras, y que algunos, de muchachos, matan de suerte el sentido que es cadáver
el vocablo; y que, cuando los he hecho, ha sido en el corto espacio que ferian al ocio las precisiones de mi estado; que
tengo poca salud y continuos embarazos, tales, que aun diciendo esto, llevo la pluma trotando.
Pero todo eso
no sirve, pues pensarás que me jacto de que quizá fueran buenos a haberlos hecho despacio; y no quiero que tal
creas, sino sólo que es el darlos a la luz, tan sólo por obedecer un mandato.
Esto es, si gustas creerlo, que
sobre eso no me mato, pues al cabo harás lo que se te pusiere en los cascos. Y adiós, que esto no es más de darte
la muestra del paño: si no te agrada la pieza, no desenvuelvas el fardo.
YA QUE PARA DESPEDIRME
Ya que para despedirme, dulce
idolatrado dueño, ni me da licencia el llanto ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos, entre
lastimosos ecos, de mi triste pluma, nunca con más justa causa negros.
Y aun ésta te hablará torpe con las
lágrimas que vierto, porque va borrando el agua lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos; y
es que se anticipan ellos, viendo lo que he de decirte, a decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda que hay
en mi dolor, sirviendo los suspiros, de palabras, las lágrimas, de conceptos.
Mira la fiera borrasca que pasa
en el mar del pecho, donde zozobran, turbados, mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir me sirve
de afán grosero; que se avergüenza la vida de durarme tanto tiempo.
Mira la muerte, que esquiva huye porque
la deseo; que aun la muerte, si es buscada, se quiere subir de precio.
Mira cómo el cuerpo amante, rendido
a tanto tormento, siendo en lo demás cadáver, sólo en el sentir es cuerpo.
Mira cómo el alma misma aun teme,
en su ser exento, que quiera el dolor violar la inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros alma y corazón
a un tiempo, aquél se convierte en agua, y ésta se resuelve en viento.
Ya no me sirve de vida esta vida que
poseo, sino de condición sola necesaria al sentimiento.
Mas, por qué gasto razones en contar mi pena y dejo de
decir lo que es preciso, por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas, ay de mi! Dudosamente lo pienso: pues
si es verdad, no estoy viva, y si viva, no lo creo.
Posible es que ha de haber día tan infausto, funesto, en
que sin ver yo las tuyas esparza sus luces Febo?
Posible es que ha de llegar el rigor a tan severo, que no
ha de darle tu vista a mis pesares aliento?
Ay, mi bien, ay prenda mía, dulce fin de mis deseos! Por qué me
llevas el alma, dejándome el sentimiento?
Mira que es contradicción que no cabe en un sujeto, tanta muerte
en una vida, tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso, ay triste!, en mi infeliz suceso, ni vivir con
la esperanza, ni morir con el tormento,
dame algún consuelo tú en el dolor que padezco; y quien en el suyo
muere, viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro, y sírvante de recuerdo las finezas que me debes, si
no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor, haciendo gala de riesgo, sólo por atropellarlo se alegraba
de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante, el tuyo mismo te acuerdo, que no es poco empeño haber empezado ya
en empeño.
Acuérdate, señor mío, de tus nobles juramentos; y lo que juró la boca no lo desmientan tus hechos.
Y
perdona si en temer mi agravio, mi bien, te ofendo, que no es dolor, el dolor que se contiene atento.
Y adiós;
que con el ahogo que me embarga los alientos, ni sé ya lo que te digo ni lo que te escribo leo.
DIME VENCEDOR RAPAZ
Dime vencedor Rapaz, vencido de mi constancia, ¿Qué ha sacado
tu arrogancia de alterar mi firme paz? Que aunque de vencer capaz es la punta de tu arpón, ¿qué importa el tiro
violento, si a pesar del vencimiento queda viva la razón?
Tienes grande señorío; pero tu jurisdicción domina
la inclinación, mas no pasa el albedrío. Y así librarme confío de tu loco atrevimiento, pues aunque rendida siento y
presa la libertad, se rinde la voluntad pero no el consentimiento.
En dos partes dividida tengo el alma en
confusión: una, esclava a la pasión, y otra, a la razón medida. Guerra civil, encendida, aflige el pecho importuna: quiere
vencer cada una, y entre fortunas tan varias, morirán ambas contrarias pero vencerá ninguna.
Cuando fuera,
Amor, te vía, no merecí de ti palma; y hoy, que estás dentro del alma, es resistir valentía. Córrase, pues, tu
porfía, de los triunfos que te gano: pues cuando ocupas, tirano, el alma, sin resistillo, tienes vencido el Castillo e
invencible el Castellano.
Invicta razón alienta armas contra tu vil saña, y el pecho es corta campaña a batalla
tan sangrienta. Y así, Amor, en vano intenta tu esfuerzo loco ofenderme: pues podré decir, al verme expirar sin
entregarme, que conseguiste matarme mas no pudiste vencerme.
COGIOME SIN PREVENCIÓN
Cogióme sin prevención Amor, astuto y tirano: con capa de
cortesano se me entró en el corazón. Descuidada la razón y sin armas los sentidos, dieron puerta inadvertidos; y
él, por lograr sus enojos, mientras suspendió los ojos me salteó los oídos.
Disfrazado entró y mañoso; mas
ya que dentro se vio del Paladión, salió de aquel disfraz engañoso; y, con ánimo furioso, tomando las armas luego, se
descubrió astuto Griego que, iras brotando y furores, matando los defensores, puso a toda el Alma fuego.
Y
buscando sus violencias en ella al príamo fuerte, dio al Entendimiento muerte, que era Rey de las potencias; y
sin hacer diferencias de real o plebeya grey, haciendo general ley murieron a sus puñales los discursos racionales porque
eran hijos del Rey.
A Casandra su fiereza buscó, y con modos tiranos, ató a la Razón las manos, que era del
Alma princesa. En prisiones su belleza de soldados atrevidos, lamenta los no creídos desastres que adivinó, pues
por más voces que dio no la oyeron los sentidos.
Todo el palacio abrasado se ve, todo destruido; Deifobo allí
mal herido, aquí Paris maltratado. Prende también su cuidado la modestia en Polixena; y en medio de tanta pena, tanta
muerte y confusión, a la ilícita afición sólo reserva en Elena.
Ya la Ciudad, que vecina fue al Cielo, con
tanto arder, sólo guarda de su ser vestigios, en su ruina. Todo el amor lo extermina; y con ardiente furor, sólo
se oye, entre el rumor con que su crueldad apoya: "Aquí yace un Alma Troya ¡Victoria por el Amor!"
ESTE AMOROSO TORMENTO
Este amoroso tormento que en mi corazón se ve, se que
lo siento y no se la causa porque lo siento
Siento una grave agonía por lograr un devaneo, que empieza
como deseo y para en melancolía.
y cuando con mas terneza mi infeliz estado lloro se que estoy triste
e ignoro la causa de mi tristeza. "
Siento un anhelo tirano por la ocasión a que aspiro, y cuando
cerca la miro yo misma aparto la mano. Porque si acaso se ofrece, después de tanto desvelo la desazona el
recelo o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto consigo tal posesión (cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien con receloso temor y me obliga el mismo amor tal
vez a mostrar desdén.
VERDE EMBELESO
Verde embeleso de la vida humana, loca esperanza, frenesí dorado, sueño
de los despiertos intrincado, como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana, decrépito verdor
imaginado; el hoy de los dichosos esperado, y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día los que, con verdes
vidrios por anteojos, todo lo ven pintado a su deseo;
que yo, más cuerda en la fortuna mía, tengo en entrambas manos ambos ojos y
solamente lo que toco veo.
La sentencia del justo
Firma Pilatos la que juzga ajena Sentencia,
y es la suya. ¡Oh caso fuerte! ¿Quién creerá que firmando ajena muerte el mismo juez en ella se condena?
La
ambición de sí tanto le enajena Que con el vil temor ciego no advierte Que carga sobre sí la infausta suerte, Quien
al Justo sentencia a injusta pena.
Jueces del mundo, detened la mano, Aún no firméis, mirad si son violencias Las
que os pueden mover de odio inhumano;
Examinad primero las conciencias, Mirad no haga el Juez recto y soberano Que
en la ajena firméis vuestras sentencias
A Una rosa
Rosa divina, que en gentil cultura Eres con tu fragante sutileza Magisterio
purpúreo en la belleza, Enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura, Ejemplo de la vana
gentileza, En cuyo ser unió naturaleza La cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida soberbia,
el riesgo de morir desdeñas, y luego desmayada y encogida.
De tu caduco ser das mustias señas! Con que con docta
muerte y necia vida, Viviendo engañas y muriendo enseñas.
Sentimientos de ausente
Amado dueño mío, Escucha
un rato mis cansadas quejas, Pues del viento las fío, Que breve las conduzca a tus orejas, Si no se desvanece el
triste acento Como mis esperanzas en el viento.
Óyeme con los ojos, Ya que están tan distantes los oídos, Y
de ausentes enojos En ecos de mi pluma mis gemidos; Y ya que a ti no llega mi voz ruda, Óyeme sordo, pues me quejo
muda.
Si del campo te agradas, Goza de sus frescuras venturosas Sin que aquestas cansadas Lágrimas te detengan
enfadosas; Que en él verás, si atento te entretienes Ejemplo de mis males y mis bienes.
Si al arroyo parlero Ves,
galán de las flores en el prado, Que amante y lisonjero A cuantas mira intima su cuidado, En su corriente mi dolor
te avisa Que a costa de mi llanto tiene risa.
Si ves que triste llora Su esperanza marchita, en ramo verde, Tórtola
gemidora, En él y en ella mi dolor te acuerde, Que imitan con verdor y con lamento, Él mi esperanza y ella mi tormento.
Si
la flor delicada, Si la peña, que altiva no consiente Del tiempo ser hollada, Ambas me imitan, aunque variamente,
Ya con fragilidad, ya con dureza, Mi dicha aquélla y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido Que baja por
el monte, acelerado Buscando dolorido Alivio del mal en un arroyo helado, Y sediento al cristal se precipita, No
en el alivio en el dolor me imita,
Si la liebre encogida Huye medrosa de los galgos fieros, Y por salvar la vida No
deja estampa de los pies ligeros, Tal mi esperanza en dudas y recelos Se ve acosa de villanos celos.
Si ves el
cielo claro, Tal es la sencillez del alma mía; Y si, de luz avaro, De tinieblas emboza el claro día, es con su
oscuridad y su inclemencia, imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado Saber puede mis males sin
costarte La noticia cuidado, Pues puedes de los campos informarte; Y pues yo a todo mi dolor ajusto, Saber mi
pena sin dejar tu gusto. Mas ¿cuándo ¡ay gloria mía! Mereceré gozar tu luz serena?
¿cuándo llegará el día que
pongas dulce fin a tanta pena? ¿cuándo veré tus ojos, dulce encanto, y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo
tu voz sonora herirá mis oídos delicada, y el alma que te adora, de inundación de gozos anegada, a recibirte con
amante prisa saldrá a los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa revestirá de gloria mis sentidos? ¿y
cuándo yo dichosa, mis suspiros daré por bien perdidos, teniendo en poco el precio de mi llanto? Que tanto ha de
penar quien goza tanto.
¿Cuándo de tu apacible rostro alegre veré el semblante afable, y aquel bien indecible a
toda humana pluma inexplicable? Que mal se ceñirá a lo definido Lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues,
mi prenda amada, Que ya fallece mi cansada vida De esta ausencia pesada; Ven, pues, que mientras tarda tu venida, Aunque
me cueste su verdor enojos, Regaré mi esperanza con mis ojos.
Excusándose de un silencio en ocasión de Un precepto
para que le rompa
Pedirte, señora, quiero De mi silencio perdón, Si lo que ha sido atención, Le hace
parecer grosero.
Y no me podrás culpar Si hasta aquí mi proceder, Por ocuparse en querer Se ha olvidado de
explicar.
Que en mi amorosa pasión No fue descuido ni mengua Quitar el uso a la lengua Por dárselo al corazón.
Ni
de explicarme dejaba, Que como la pasión mía Acá en el alma te hablaba
Y en esta idea notable Dichosamente
vivía; Porque en mi mano tenía El fingirte favorable.
Con traza tan peregrina Vivió mi esperanza vana Pues
te puedo hacer humana Concibiéndote divina.
¡Oh, cuan loco llegué a verme en tus dichosos amores, que aun
fingidos tus favores pudieron enloquecerme!
¡Oh, cuán loco llegué a verme en tus dichosos amores, que aun
fingidos tus favores pudieron enloquecerme!
¡Oh, cómo en tu Sol hermoso mi ardiente afecto encendido, por
cebarse en lo lúcido, olvidó lo peligroso!
Perdona, si atrevimiento Fue atreverme a tu ardor puro; Que no
hay Sagrado seguro De culpas de pensamiento.
De esta manera engañaba La loca esperanza mía, Y dentro de mí
tenía Todo el bien que deseaba.
Mas ya tu precepto grave Rompe mi silencio mudo; Que él solamente ser pudo De
mi respeto la llave.
Y aunque el amar tu belleza Es delito sin disculpa, Castíguense la culpa Primero que
la tibieza.
No quieras, pues, rigurosa, Que estando ya declarada, Sea de veras desdichada Quien fue de burlas
dichosa.
Si culpas mi desacato, Culpa también tu licencia; Que si es mala mi obediencia, No fue justo tu
mandato.
Y si es culpable mi intento, Será mi afecto preciso; Porque es amarte un delito De que nunca me arrepiento.
Esto
en mis afectos halló, Y más, que explicar no sé; Mas tú, de lo que callé, Inferirás lo que callo.
Teme que su afecto parezca Gratitud y no fuerza
Señora, si la belleza Que en vos llego a contemplar Es
bastante a conquistar La más inculta dureza,
¿Por qué hacéis que el sacrificio Que debo a vuestra luz pura Debiéndose
a la hermosura Se atribuya al beneficio?
Cuando es bien que glorias cante, De ser vos, quien me ha rendido, ¿Queréis
que lo agradecido Se equivoque con lo amante?
Vuestro favor me condena A otra especie de desdicha, Pues me
quitáis con la dicha El mérito de la pena.
Si no es que dais a entender Que favor tan singular, Aunque se
puede lograr, No se puede merecer.
Con razón, pues la hermosura Aun llegada a poseerse, Si llega a merecerse, Dejara
de ser ventura.
Que estar un digno cuidado Con razón correspondido, Es premio de lo servido, Y no dicha de
lo amado.
Que dicha se ha de llamar Sólo la que, a mi entender, Ni se puede merecer, Ni se pretende alcanzar.
Ya
que este favor excede Tanto a todos, al lograrse, Que no sólo no pagarse, Mas ni agradecer se puede.
Pues
desde el dichoso día Que vuestra belleza vi, Tal del todo me rendí, Que no me quedó acción mía.
Con lo cual,
señora, muestro, y a decir mi amor se atreve, Que nadie pagaros debe, Que vos honréis lo que es vuestro.
Bien
se que es atrevimiento Pero el amor es testigo Que no se lo que me digo Por saber lo que me siento.
Y en fin,
perdonad por Dios, Señora, que os hable así, Que si yo estuviera en mí No estuvierais en mí vos.
Sólo quiero
suplicaros Que de mí recibáis hoy, No sólo el alma que os doy, Mas la que quisiera daros.
Amor importuno
Dos dudas en que
escoger Tengo, y no se a cual prefiera, Pues vos sentís que no quiera Y yo sintiera querer.
Con que si a cualquiera
lado Quiero inclinarme, es forzoso Quedando el uno gustoso Que otro quede disgustado.
Si daros gusto me ordena La
obligación, es injusto Que por daros a vos gusto Haya yo de tener pena.
Y no juzgo que habrá quien Apruebe
sentencia tal, Como que me trate mal Por trataros a vos bien.
Mas por otra parte siento Que es también mucho
rigor Que lo que os debo en amor Pague en aborrecimiento.
Y aun irracional parece Este rigor, pues se infiere, Si
aborrezco a quien me quiere ¿qué haré con quien aborrezco?
No se como despacharos, Pues hallo al determinarme Que
amaros es disgustarme Y no amaros disgustaros;
Pero dar un medio justo En estas dudas pretendo, Pues no queriendo,
os ofendo, Y queriéndoos me disgusto.
Y sea esta la sentencia, Porque no os podáis quejar, Que entre aborrecer
y amar Se parta la diferencia,
De modo que entre el rigor Y el llegar a querer bien, Ni vos encontréis desdén Ni
yo pueda encontrar amor.
Esto el discurso aconseja, Pues con esta conveniencia Ni yo quedo con violencia Ni
vos os partís con queja.
Y que estaremos infiero Gustosos con lo que ofrezco; Vos de ver que no aborrezco, Yo
de saber que no quiero.
Sólo este medio es bastante A ajustarnos, si os contenta, Que vos me logréis atenta Sin
que yo pase a lo amante,
Y así quedo en mi entender Esta vez bien con los dos; Con agradecer, con vos; Conmigo,
con no querer.
Que aunque a nadie llega a darse En este gusto cumplido, Ver que es igual el partido Servirá
de resignarse.
Oración
traducida del Latín
Ante tus ojos benditos Las culpas manifestamos, Y las heridas mostramos, Que hicieron
nuestros delitos.
Si el mal, que hemos cometido, Viene a ser considerado, Menor es lo tolerado, Mayor es lo
merecido.
La conciencia nos condena, No hallando en ella disculpa, Que respecto de la culpa, Es muy liviana
la pena.
Del pecado el duro azar Sentimos, que padecemos Y nunca enmendar queremos La costumbre de pecar.
Cuando
en tus azotes suda Sangre la naturaleza, Se rinde nuestra flaqueza, Y la maldad no se muda.
Cuando el pecado
mancilla La mente con fiera herida, Padece el alma afligida, Y la cerviz no se humilla.
La vida suelta la
rienda En su acostumbrado error, Suspira por el dolor, Y en el obrar no se enmienda.
Puestos entre dos extremos, En
cualquiera peligramos; Si esperas, no la enmendamos; Si te vengas, nos perdemos.
De la aflicción el quebranto Nos
obliga a la contricción Y en pasando la aflicción, Se olvida también el llanto.
Cuando tu castigo empieza Promete
el temor humano; Y en suspendiendo la mano, No se cumple la promesa.
Cuando nos hieres, clamamos Que el perdón
nos des, que puedes, Y así que nos lo concedes. Otra vez te provocamos.
Tienes a la humana gente Convicta
en su confesión, Que si no le das perdón, la acabarás justamente.
Concede al humilde ruego Sin mérito a
quien criaste, Tú que de nada formas A quien te rogará luego.
Nacimiento de Cristo
De la más fragante rosa Nació la abeja más bella, A quien
el limpio rocío Dio purísima materia.
Nace, pues, y apenas nace, Cuando en la misma moneda, Lo que en perlas
recibió Empieza a pagar en perlas.
Que llora el alba, no es mucho Que es costumbre en su belleza; Mas ¿quién
hay que no se admire De que el sol lágrimas vierta?
Si es por secundar la rosa, Es ociosa diligencia, Pues
no es menester rocío Después de nacer la abeja.
Y más cuando en la clausura De su virginal pureza Ni antecedente
haber pudo, Ni puede haber quien suceda,
¿Pues a que fin es el llanto, que dulcemente riega? Quien no puede
dar más fruto ¿qué importa que estéril sea?
Mas ay, que la abeja tiene Tan íntima dependencia Siempre con
la rosa, que Depende su vida de ella;
Pues dándole néctar puro, Que sus fragancias engendran, No sólo antes
le concibe Pero después le alimenta.
Hijo y madre, en tan divinas Peregrinas competencias, Ninguno queda deudor, Y
ambos obligados quedan.
La abeja paga el rocío De que la rosa la engendra, Y ella vuelve a retornarle con Lo
mismo que la engendra.
Ayudando el uno al otro Con mutua correspondencia, La abeja a la flor fecunda, Y ella
a la abeja sustenta.
Pues si por eso es el llanto, Llore Jesús, norabuena, Que lo que expende en rocío Cobrará
después en néctar.
Ante
la ausencia
Divino dueño mío, si al tiempo de partirme tiene mi amante pecho alientos de quejarse, oye
mis penas, mira mis males.
Aliéntese el dolor, si puede lamentarse, y a la vista de perderte mi corazón exhale llanto
a la tierra, quejas al aire.
Apenas tus favores quisieron coronarme, dichoso más que todos, felices como nadie, cuando
los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso es la culpa más grave, pues mi fortuna adversa dispone
que la pague con que a mis ojos tus luces falten,
¡Ay, dura ley de ausencia! ¿quién podrá derogarte, si a
donde yo no quiero me llevas, sin llevarme, con alma muerta, vivo cadáver?
¿Será de tus favores sólo el corazón
cárcel por ser aun el silencio si quiero que los guarde, custodio indigno, sigilo frágil?
Y puesto que me
ausento, por el último vale te prometo rendido mi amor y fe constante, siempre quererte, nunca olvidarte.
Expresa los efectos del amor divino
Traigo
conmigo un cuidado y tan esquivo que creo que aunque se sentirlo tanto, aun yo misma no lo siento.
Es amor,
pero es amor que faltándole lo ciego, los ojos que tiene son para darle más tormento.
El término no es a quo, que
causa el pesar, que veo, que siendo el término el bien todo el dolor es el medio.
Si es lícito y aun debido este
cariño que tengo ¿por qué me han de dar castigo porque pago lo que debo?
¡Oh cuánta fineza, oh cuántos cariños
he visto tiernos! que amor que se tiene en Dios es calidad sin opuestos.
De lo lícito no puede hacer contrarios
conceptos con que es amor que al olvido no puede vivir expuesto.
Yo me acuerdo ¡oh nunca fuera! que he querido
en otro tiempo lo que pasó de locura y lo que excedió de extremo.
Más como era amor bastardo y de contrarios
compuesto, fue fácil desvanecerse de achaque de su ser mesmo.
Mas ahora ¡ay de mi! está tan en su natural
centro, que la virtud y razón son quien aviva su incendio.
Quien tal oyere dirá que si es así ¿por qué peno? Más
mi corazón ansioso dirá que por eso mesmo.
¡Oh humana flaqueza nuestra, adonde el más puro afecto aun no sabe
desnudarse del natural sentimiento!
Tan precisa es la apetencia que a ser amados tenemos, que aun sabiendo
que no sirve nunca dejarla sabemos.
Que corresponda a mi amor nada añade, mas no puedo por más que lo solicito dejar
yo de apetecerlo.
Si es delito, ya lo digo; si es culpa, ya lo confieso, mas no puedo arrepentirme por más
que hacerlo pretendo.
Bien ha visto quien penetra lo interior de mis secretos que yo misma estoy formando los
dolores que padezco.
Bien sabe que soy yo misma verdugo de mis deseos, pues muertos entre mis ansias, tienen
sepulcro en mi pecho.
Muero ¿quién lo creerá? a manos de la cosa que más quiero, y el motivo de matarme es
el amor que le tengo.
Así alimentando triste la vida con el veneno, la misma muerte que vivo, es la vida con
que muero.
Pero, valor, corazón, porque en tan dulce tormento, en medio de cualquier suerte no dejar de amar
protesto.
II
Mientras la gracia me excita por elevarse a la esfera, más me abate a lo profundo el
peso de mis miserias.
La virtud y la costumbre en el corazón pelean y el corazón agoniza en tanto que lidian
ellas.
Y aunque es la virtud tan fuerte, temo que tal vez la venzan. que es muy grande la costumbre y está
la virtud muy tierna.
Obscurécense el discurso entre confusas tinieblas pues ¿quién podrá darme luz si está
la razón a ciegas?
De mí misma soy verdugo y soy cárcel de mí mesma. ¿quién vio que pena y penante una propia
cosa sean?
Hago disgusto a lo mismo que más agradar quisiera; y del disgusto que doy, en mí resulta la pena.
Amo
a Dios y siento en Dios, y hace mi voluntad mesma de lo que es alivio, cruz; del mismo puerto, tormenta.
Padezca,
pues Dios lo manda, mas de tal manera sea que si son penas las culpas, que no sean culpas las penas.
Día de comunión
Amante dulce del alma, bien soberano
a que aspiro, tú que sabes las ofensas castigar a beneficios; divino imán en que adoro hoy que tan propicio os
miro que me animás a la osadía de poder llamaros mío; hoy, que en unión amorosa, pareció a vuestro cariño, que
si no estabais en mí era poco estar conmigo; hoy, que para examinar el afecto con que os sirvo, al corazón en
persona habéis entrado vos mismo, pregunto ¿es amor o celos tan cuidadoso escrutinio? que quien lo registra todo da
de sospechar indicios. Mas ¡ay, bárbara ignorante, y que de errores he dicho, como si el estorbo humano obstara
al lince divino! Para ver los corazones no es menester asistirlos; que para vos son patentes las entrañas del
abismo. Con una intuición presente tenéis en vuestro registro, el infinito pasado, hasta el presente finito; luego
no necesitabais, para ver el pecho mío, si lo estáis mirando sabio, entrar a mirarlo fino; luego es amor, no
celos, lo que en vos miro.
Letras para
cantar
Hirió blandamente el aire Con su dulce voz Narcisa, Y él le repitió los ecos Por boca de las heridas.
De
los celestiales Ejes El rápido curso fija, Y en los Elementos cesa la discordia nunca unida.
Al dulce imán
de su voz Quisieran, por asistirla, Firmamento ser el Móvil, El Sol ser estrella fija.
Tan bella, sobre canora, Que
el amor dudoso admira, Si se deben sus arpones A sus ecos, o a su vista.
Porque tan confusamente Hiere, que
no se averigua, si está en la voz la hermosura, O en los ojos la armonía.
Homicidas sus facciones El mortal
cambio ejercitan; Voces, que alteran los ojos Rayos que el labio fulmina.
Quién podrá vivir seguro, si su
hermosura Divina Con los ojos y las voces Duplicadas armas vibra.
El Mar la admira Sirena, Y con sus marinas
Ninfas Le da en lenguas de las Aguas Alabanzas cristalinas: Pero Fabio que es el blanco Adonde las flecha tira, Así
le dijo, culpando De superfluas sus heridas: No dupliques las armas, Bella homicida, que está ociosa la muerte Donde
no hay vida.
Primero Sueño
Piramidal,
funesta de la tierra nacida sombra, al cielo encaminaba de vanos obeliscos punta altiva, escalar pretendiendo las
estrellas; si bien sus luces bellas esemptas siempre, siempre rutilantes, la tenebrosa guerra que con negros vapores
le intimaba la vaporosa sombra fugitiva burlaban tan distantes, que su atezado ceño al superior convexo aún no
llegaba del orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta; quedando sólo dueño del
aire que empañaba con el aliento denso que exhalaba. Y en la quietud contenta de impero silencioso, sumisas sólo
voces consentía de las nocturnas aves tan oscuras tan graves, que aún el silencio no se interrumpía. Con tardo
vuelo, y canto, de él oído mal, y aún peor del ánimo admitido, la avergonzada Nictímene acecha de las sagradas puertas
los resquicios o de las claraboyas eminentes los huecos más propicios, que capaz a su intento le abren la brecha, y
sacrílega 11ega a los lucientes faroles sacros de perenne llama, que extingue, sino inflama en licor claro la materia
crasa consumiendo; que el árbol de Minerva de su fruto, de prensas agravado, congojoso sudó y rindió forzado. Y
aquellas que su casa campo vieron volver, sus telas yerba, a la deidad de Baco inobedientes ya no historias contando
diferentes, en forma si afrentosa transformadas segunda forman niebla, ser vistas, aun temiendo en la tiniebla, aves
sin pluma aladas: aquellas tres oficiosas, digo, atrevidas hermanas, que el tremendo castigo de desnudas les
dio pardas membranas alas, tan mal dispuestas que escarnio son aun de las más funestas: éstas con el parlero ministro
de Plutón un tiempo, ahora supersticioso indicio agorero, solos la no canora componían capilla pavorosa, máximas
negras, longas entonando y pausas, más que voces, esperando a la torpe mensura perezosa de mayor proporción tal
vez que el viento con flemático echaba movimiento de tan tardo compás, tan detenido, que en medio se quedó tal vez
dormido. Este. pues, triste son intercadente de la asombrosa turba temerosa, menos a la atención solicitaba que
al suelo persuadía; antes si, lentamente, si su obtusa consonancia espaciosa al sosiego inducía y al reposo los
miembros convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando labio obscuro con indicante dedo,
Harpócrates la noche silenciosa; a cuyo, aunque no duro, si bien imperioso precepto, todos fueron obedientes. El
viento sosegado, el can dormido: éste yace, aquél quedo, los átomos no mueve con el susurro hacer temiendo leve, aunque
poco sacrílego ruido, violador del silencio sosegado. El mar, no ya alterado, ni aún la instable mecía cerúlea
cuna donde el sol dormía; y los dormidos siempre mudos peces, en los lechos 1amosos de sus obscuros senos cavernosos, mudos
eran dos veces. Y entre ellos la engañosa encantadora Almone, a los que antes en peces transformó simples amantes, transformada
también vengaba ahora. En los del monte senos escondidos cóncavos de peñascos mal formados, de su esperanza menos
defendidos que de su obscuridad asegurados, cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día, incógnita
aún al cierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fiereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía
e1 vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad vagando impuesto, universal tributo. Y el rey -que vigilancias
afectaba- aun con abiertos ojos no velaba. El de sus mismos perros acosado, monarca en otro tiempo esclarecido, tímido
ya venado, con vigilante oído, del sosegado ambiente, al menor perceptible movimiento que los átomos muda, la
oreja alterna aguda y el leve rumor siente que aun le altera dormido. Y en 1a quietud del nido, que de brozas
y lodo instable hamaca formó en la más opaca parte del árbol, duerme recogida la leve turba, descansando el viento del
que le corta alado movimiento. De Júpiter el ave generosa (como el fin reina) por no darse entera al descanso, que
vicio considera si de preciso pasa, cuidadosa de no incurrir de omisa en el exceso, a un sólo pie librada fía el
peso y en otro guarda el cálculo pequeño, despertador reloj del leve sueño, porque si necesario fue admitido no
pueda dilatarse continuado, antes interrumpido del regio sea pastoral cuidado. ¡Oh de la majestad pensión gravosa, que
aun el menor descuido no perdona! Causa quizá que ha hecho misteriosa, circular denotando la corona en círculo dorado, que
el afán es no menos continuado. El sueño todo, en fin, lo poseía: todo. en fin, el silencio lo ocupaba. Aun el ladrón
dormía: aun el amante no se desvelaba: el conticinio casi ya pasando iba y la sombra dimidiaba, cuando de las
diurnas tareas fatigados y no sólo oprimidos del afán ponderosos del corporal trabajo, más cansados del deleite
también; que también cansa objeto continuado a 1os sentidos aún siendo deleitoso; que la naturaleza siempre alterna ya
una, ya otra balanza, distribuyendo varios ejercicios, ya al ocio, ya al trabajo destinados, en el fiel infiel con
que gobierna la aparatosa máquina del mundo. Así pues, del profundo sueño dulce los miembros ocupados, quedaron
los sentidos del que ejercicio tiene ordinario trabajo, en fin, pero trabajo amado -si hay amable trabajo- si
privados no, al menos suspendidos. Y cediendo al retrato del contrario de la vida que lentamente armado cobarde
embiste y vence perezoso con armas soñolientas, desde el cayado humilde al cetro altivo sin que haya distintivo que
el sayal de la púrpura discierna; pues su nivel, en todo poderoso, gradúa por esemptas a ningunas personas, desde
la de a quien tres forman coronas soberana tiara hasta la que pajiza vive choza; desde la que el Danubio undoso
dora, a la que junco humilde, humilde mora; y con siempre igual vara (como, en efecto, imagen poderosa de la muerte)
Morfeo el sayal mide igual con el brocado. El alma, pues, suspensa del exterior gobierno en que ocupada en material
empleo, o bien o mal da el día por gastado, solamente dispensa, remota, si del todo separada no, a los de muerte
temporal opresos, lánguidos miembros, sosegados huesos, los gajes del calor vegetativo, el cuerpo siendo, en sosegada
calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo, de lo segundo dando tardas señas el de reloj
humano vital volante que, sino con mano, con arterial concierto, unas pequeñas muestras, pulsando, manifiesta lento de
su bien regulado movimiento. Este, pues, miembro rey y centro vivo de espíritus vitales, con su asociado respirante
fuelle pulmón, que imán del viento es atractivo, que en movimientos nunca desiguales o comprimiendo yo o ya dilatando el
musculoso, claro, arcaduz blando, hace que en él resuelle el que le circunscribe fresco ambiente que impele ya caliente y
él venga su expulsión haciendo activo pequeños robos al calor nativo, algún tiempo llorados, nunca recuperados, si
ahora no sentidos de su dueño, que repetido no hay robo pequeño. Estos, pues, de mayor, como ya digo, excepción,
uno y otro fiel testigo,
la vida aseguraban, mientras con mudas voces impugnaban la información, callados los
sentidos con no replicar sólo defendidos; y la lengua, torpe, enmudecía, con no poder hablar los desmentía; y
aquella del calor más competente científica oficina próvida de los miembros despensera, que avara nunca v siempre
diligente, ni a la parte prefiere más vecina ni olvida a la remota, y, en ajustado natural cuadrante, las cuantidades
nota que a cada cual tocarle considera, del que alambicó quilo el incesante calor en el manjar que medianero piadoso
entre él y el húmedo interpuso su inocente substancia, pagando por entero la que ya piedad sea o ya arrogancia,
al contrario voraz necio la expuso merecido castigo, aunque se excuse al que en pendencia ajena se introduce. Esta,
pues, si no fragua de Vulcano, templada hoguera del calor humano, al cerebro enviaba húmedos, mas tan claros los
vapores de los atemperados cuatro humores, que con ellos no sólo empañaba los simulacros que la estimativa dio
a la imaginativa, y aquesta por custodia más segura en forma ya más pura entregó a la memoria que, oficiosa, gravó
tenaz y guarda cuidadosa sino que daban a la fantasía lugar de que formase imágenes diversas y del modo que en
tersa superficie, que de faro cristalino portento, asilo raro fue en distancia longísima se veían, (sin que ésta
le estorbase) del reino casi de Neptuno todo, las que distantes le surcaban naves. Viéndose claramente, en su
azogada luna, el número, el tamaño y la fortuna que en la instable campaña transparente arriesgadas tenían, mientras
aguas y vientos dividían sus velas leves y sus quillas graves, así ella, sosegada, iba copiando las imágenes todas
de las cosas y el pincel invisible iba formando de mentales, sin luz, siempre vistosas colores. las figuras, no
sólo ya de todas las criaturas sublunares, mas aun también de aquellas que intelectuales claras son estrellas y en
el modo posible que concebirse puede lo invisible, en sí mañosa las representaba y al alma las mostraba. La cual,
en tanto, toda convertida a su inmaterial ser y esencia bella, aquella contemplaba, participada de alto ser centella,
que con similitud en sí gozaba. I juzgándose casi dividida de aquella que impedida siempre la tiene, corporal
cadena que grosera embaraza y torpe impide el vuelo intelectual con que ya mide la cuantidad inmensa de la esfera, ya
el curso considera regular con que giran desiguales los cuerpos celestiales; culpa si grave, merecida pena, torcedor
del sosiego riguroso de estudio vanamente juicioso; puesta a su parecer, en la eminente cumbre de un monte a quien
el mismo Atlante que preside gigante a los demás, enano obedecía, y Olimpo, cuya sosegada frente, nunca de aura
agitada consintió ser violada, aun falda suya ser no merecía, pues las nubes que opaca son corona de la más elevada
corpulencia del volcán más soberbio que en la tierra gigante erguido intima al cielo guerra, apenas densa zona de
su altiva eminencia o a su vasta cintura cíngulo tosco son, que mal ceñido o el viento lo desata sacudido o vecino
el calor del sol, lo apura a la región primera de su altura, ínfima parte, digo, dividiendo en tres su continuado
cuerpo horrendo, el rápido no pudo, el veloz vuelo del águila -que puntas hace al cielo y el sol bebe los rayos
pretendiendo entre sus luces colocar su nido- llegar; bien que esforzando mas que nunca el impulso, ya batiendo
las dos plumadas velas, ya peinando con las garras el aire, ha pretendido tejiendo de los átomos escalas que
su inmunidad rompan sus dos alas. Las pirámides dos -ostentaciones de Menfis vano y de la arquitectura último esmero-
si ya no pendones fijos, no tremolantes, cuya altura coronada de bárbaros trofeos, tumba y bandera fue a los Ptolomeos, que
al viento, que a las nubes publicaba, si ya también el cielo no decía de su grande su siempre vencedora ciudad –ya
Cairo ahora- las que, porque a su copia enmudecía la fama no contaba gitanas glorias, menéficas proezas, aun en
el viento, aun en el cielo impresas. Estas que en nivelada simetría su estatura crecía con tal disminución, con
arte tanto, que cuánto más al cielo caminaba a la vista que lince la miraba, entre los vientos se desaparecía sin
permitir mirar la sutil punta que al primer orbe finge que se junta hasta que fatigada del espanto, no descendida
sino despeñada se hallaba al pie de la espaciosa basa. Tarde o mal recobrada del desvanecimiento, que pena fue
no escasa del visual alado atrevimiento, cuyos cuerpos opacos no al sol opuestos, antes avenidos con sus luces,
si no confederados con él, como en efecto confiantes, tan del todo bañados de un resplandor eran, que lucidos, nunca
de calurosos caminantes al fatigado aliento, a los pies flacos ofrecieron alfombra, aun de pequeña, aun de señal
de sombra. Estas que glorias ya sean de gitanas o elaciones profanas,
bárbaros hieroglíficos de ciego error,
según el griego, ciego también dulcísimo poeta, si ya por las que escribe aquileyas proezas o marciales, de Ulises,
sutilezas, la unión no le recibe de los historiadores o le acepta cuando entre su catálogo le cuente, que gloría
más que número le aumente, de cuya dulce serie numerosa fuera más fácil cosa al temido Jonante el rayo fulminante
quitar o la pescada a Alcídes clava herrada, que un hemistiquio solo -de los que le: dictó propicio Apolo- según
de Homero digo, la sentencia. Las pirámides fueron materiales tipos solos, señales exteriores de las que dimensiones
interiores especies son del alma intencionales que como sube en piramidal punta al cielo la ambiciosa llama ardiente, así
la humana mente su figura trasunta y a la causa primera siempre aspira, céntrico punto donde recta tira la línea,
si ya no circunferencia que contiene infinita toda esencia. Estos pues, montes dos artificiales, bien maravillas,
bien milagros sean, y aun aquella blasfema altiva torre, de quien hoy dolorosas son señales no en piedras, sino
en lenguas desiguales porque voraz el tiempo no ]as borre, los idiomas diversos que escasean el sociable trato
de las gentes haciendo que parezcan diferentes los que unos hizo la naturaleza, de la lengua por solo la extrañeza;
. si fueran comparados a la mental pirámide elevada, donde, sin saber como colocada el alma se miró, tan atrasados
se hallaran que cualquiera graduara su cima por esfera, pues su ambicioso anhelo, haciendo cumbre de su propio
vuelo, en lo más eminente la encumbró parte de su propia mente, de sí tan remontada que creía que a otra nueva
región de sí salía. En cuya casi elevación inmensa, gozosa, mas suspensa, suspensa, pero ufana y atónita, aunque
ufana la suprema de lo sublunar reina soberana, la vista perspicaz libre de antojos de sus intelectuales y bellos
ojos, sin que distancia tema ni de obstáculo opaco se recele, de que interpuesto algún objeto cele, libre tendió
por todo lo criado, cuyo inmenso agregado cúmulo incomprehensible aunque a la vista quiso manifiesto dar señas
de posible, a la comprehensión no, que entorpecida con la sobra de objetos y excedida de la grandeza de ellos su
potencia, retrocedió cobarde, tanto no del osado presupuesto revocó la intención arrepentida, la vista que intentó
descomedida en vano hacer alarde contra objeto que excede en excelencia las líneas visuales, contra el sol, digo,
cuerpo luminoso, cuyos rayos castigo son fogoso, de fuerzas desiguales despreciando, castigan rayo a rayo el confiado
antes atrevido y ya llorado ensayo, necia experiencia que costosa tanto fue que Icaro ya su propio llanto lo anegó
enternecido como el entendimiento aquí vencido, no menos de la inmensa muchedumbre de tanta maquinosa pesadumbre de
diversas especies conglobado esférico compuesto, que de las cualidades de cada cual cedió tan asombrado que,
entre la copia puesto, pobre con ella en las neutralidades de un mar de asombros, la elección confusa equívoco las
ondas zozobraba. Y por mirarlo todo; nada veía, ni discernir podía, bota la facultad intelectiva en tanta, tan
difusa incomprensible especie que miraba desde el un eje en que librada estriba la máquina voluble de la esfera, el
contrapuesto polo, las partes ya no sólo, que al universo todo considera serle perfeccionantes a su ornato no
más pertenecientes; mas ni aun las que ignorantes; miembros son de su cuerpo dilatado, proporcionadamente competentes.
Mas como al que ha usurpado diuturna obscuridad de los objetos visibles los colores si súbitos le asaltan resplandores, con
la sombra de luz queda más ciego: que el exceso contrarios hace efectos en la torpe potencia, que la lumbre del
sol admitir luego no puede por la falta de costumbre; y a la tiniebla misma que antes era tenebroso a la vista
impedimento, de los agravios de la luz apela y una vez y otra con la mano cela de los débiles ojos deslumbrados los
rayos vacilantes, sirviendo va piadosa medianera la sombra de instrumento para que recobrados por grados se habiliten, porque
después constantes su operación más firme ejerciten. Recurso natural, innata ciencia que confirmada ya de la experiencia,
maestro quizá mudo, retórico ejemplar inducir pudo a uno y otro galeno para que del mortífero veneno, en bien
proporcionadas cantidades, escrupulosamente regulando las ocultas nocivas cualidades, ya por sobrado exceso de
cálidas o frías, o ya por ignoradas simpatías o antipatías con que van obrando las causas naturales su progreso, a
la admiración dando, suspendida, efecto cierto en causa no sabida, con prolijo desvelo y remirada, empírica atención
examinada en la bruta experiencia, por menos peligrosa la confección hicieron provechosa, último afán de la
apolínea ciencia de admirable triaca ¡que así del mal el bien tal vez se saca! No de otra suerte el alma que, asombrada
de la vista quedó de objeto tanto, la atención recogió, que derramada en diversidad tanta, aun no sabía recobrarse
así misma del espanto que portentoso había su discurso clamado, permitiéndole apenas de un concepto confuso el
informe embrión que mal formado inordinado caos retrataba de confusas especies que abrazaba, sin orden avenidas, sin
orden separadas que cuanto mas se implican combinadas tanto más se disuelven desunidas de diversidad llenas ciñendo
con violencia lo difuso de objecto tanto a tan pequeño vaso, aun al más bajo, aun al menor, escaso. Las velas,
en efecto, recogidas que fío inadvertidas traidor al mar, al viento ventilante, buscando desatento al mar fidelidad,
constancia al viento mal le hizo de su grado en la mental orilla dar fondo destrozado al timón roto, a la quebrada
entena, besando arena a arena de la playa el bajel astilla o astilla, donde ya recobrado el lugar usurpó de la
carena, cuerda refleja, reportado aviso de dictamen remiso, que en su operación misma reportado más juzgó conveniente a
singular asumpto reducirse, o separadamente una por discurrir las cosas, que viene a ceñirse en las artificiosas dos
veces cinco son categorías. Reducción metafísica que enseña los erites concibiendo generales en sólo unas mentales
fantasías donde de la materia se desdeña el discurso abstraído, ciencia a formar de los universales, reparando
advertido, con el arte el defecto de no poder con un intuitivo conocer acto todo lo criado, sino que haciendo
escala de en concepto en otro va ascendiendo grado a grado, y el de comprehender orden relativo sigue necesitado de
él -del entendimiento limitado vigor- que a sucesivo discurso fía su aprovechamiento, cuyas débiles fuerzas la doctrina, con
doctos alimentos va esforzando, y el prolijo, si blando continuo curso de la disciplina, robustos le van alientos
infundiendo, con que más animoso el palio glorioso del empeño más arduo altivo aspira los altos escalones ascendiendo en
una ya, ya en otra cultivado, facultad, hasta que insensiblemente la honrosa cumbre mira término dulce de su afán
pasado, de amarga siembra fruto al gusto grato, que aun a largas fatigas fué barato, y con planta valiente la
cima huella de su altiva frente. De esta serie seguir mi entendimiento el método quería o del ínfimo grado del
ser inanimado menos favorecido, sino más desvalido, de la segunda causa productiva pasar a la más noble hierarquía,
que en vegetable aliento primogénito es, aunque grosero, de Temis el primero, que a sus fértiles pechos maternales
con virtud atractiva, los dulces apoyó manantiales de humor terrestre, que a su nutrimiento natural es dulcísimo
alimento. Y de cuatro adornada operaciones de contrarias acciones ya atrae, ya segrega diligente lo que no serle
juzga conveniente; ya lo superfluo expele y de la copia la substancia más útil hace propia. Y esta ya investigada forma
inculcar más bella de sentido adornada; y aun más que de sentido de aprehensiva fuerza imaginativa, que justa puede
ocasionar querella cuando afrenta no sea, de la que más lucida centellea inanimada estrella, bien que soberbios
brille resplandores, que hasta a los astros puede superiores, aun la menor criatura, aun la más baja, ocasionar
envidia, hacer ventaja. Y de este corporal conocimiento haciendo -bien que escaso- fundamento el supremo pasar maravilloso
compuesto triplicado de tres acordes líneas ordenado y de las formas todas inferiores compendio misterioso; bisagra
engazadora de la que más se eleva entronizada naturaleza pura y de la que criatura menos noble se ve más abatida
-no de las cinco solas adornada sensibles facultades- mas de las interiores que tres rectrices son ennoblecida
que para ser señora de las demás, no en vano la adornó sabia poderosa mano, fin de sus obras, círculo que cierra la
esfera con la tierra; última perfección de lo criado y último de su Eterno Autor agrado; en quien con satisfecha
complacencia su inmensa descansó magnificencia: fábrica portentosa que cuanto más altiva al cielo toca sella
el polvo la boca de quien ser pudo imagen misteriosa la que Aguila Evangélica, sagrada visión en Patmos vio que
las estrellas midió y el cielo con iguales huellas; o la estatua eminente que del metal mostraba más preciado la
rica altiva frente y en el más desechado material flaco fundamento hacia con que a leve vaivén se deshacía; el
hombre, digo, en fin, mayor portento que discurre el humano entendimiento, compendio que absoluto parece al ángel,
a la planta, al bruto, cuya altiva bajeza toda participó naturaleza. ¿Porqué? Quizá porque más venturosa que
todas, encumbrada, a merced de amorosa unión sería. ¡Oh aunque repetida, nunca bastante bien sabida merced! pues,
ignorada, en lo poco apreciada parece o en lo mal correspondida. Estos, pues, grados discurrir quería unas veces,
pero otras disentía excesivo juzgando atrevimiento el discurrirlo todo. Quien aun la más pequeña, aun la más
fácil parte no entendía de los más manuales efectos naturales; quien de la fuente no alcanzó risueña el ignorado
modo con que el curso dirige cristalino deteniendo en ambages su camino, los horrorosos senos de Plutón, las
cavernas pavorosas del abismo tremendo, las campañas hermosas, los
Elíseos amenos, tálamo ya de su triforme esposa, clara pesquisidora registrando, útil curiosidad aunque prolija,
que de su no cobrada bella hija noticia cierta dio a la rubia diosa, cuando montes y selvas trastornando, cuando
prados y bosques inquiriendo, su vida va buscando y del dolor su vida iba perdiendo; quien de la breve flor aun
no sabía por qué ebúrnea figura circunscribe su frágil hermosura; mixtos por qué colores confundiendo la grana
en los árboles fragante le son gala; ámbares por qué exhala y el leve, si más bello ropaje al viento explica que
en una y otra fresca multiplica hija, formando pompa escarolada de dorados perfiles cairelada, que roto del capillo
el blanco sello de dulce herida de la cipria diosa los despojos ostenta jactanciosa, si ya el que la colara, candor
al alba, púrpura al aurora, no le usurpo y, mezclado, purpúreo es ampo, risicler nevado, tornasol que concita los
que del prado aplausos solicita, preceptor quizá vano, si no ejemplo profano de industria femenil que el más activo
veneno hace dos veces ser nocivo en el velo aparente de la que finge tez resplandeciente; pues si a un objeto
sólo, repetía tímido el pensamiento, huye el conocimiento y cobarde el discurso se desvía, si a especie segregada como
de las demás independiente, como sin relación considerada, da las espaldas el entendimiento y asombrado el discurso
se espeluza del difícil certamen que rehusa acometer valiente porque teme cobarde comprehenderlo o mal o nunca
o tarde. ¿Cómo en tan espantosa máquina inmensa discurrir pudiera, cuyo terrible incomportable peso si ya en
su centro mismo no estribara, de Atlante a las espaldas agobiara, de Alcídes a las fuerzas excediera; y el que fue
da la esfera bastante contrapeso, pesada manos, menos poderosa su máquina juzgara que la empresa de investigar
a la naturaleza? Otras, más esforzado, demasiada acusaba cobardía, el laudo antes ceder que en la lid dura haber
siquiera entrado, y al ejemplar osado del claro joven la atención volvía, -auriga altivo del ardiente carro- y
el, si infeliz, bizarro alto impulso al espíritu encendía donde el ánimo halla, más que el temor ejemplos de escarmiento,
abiertas sendas al atrevimiento que una ya ves trilladas no hay castigo que intento baste a renovar segundo; segunda
ambición, digo, ni el panteón profundo cerúlea tumba a su infeliz ceniza, ni el vengativo rayo fulminante mueve
por más que avisa al ánimo arrogante que el vivir despreciando determina su nombre eternizar en su ruina; tipo
es antes modelo ejemplar pernicioso que alas engendra a repetido vuelo del ánima ambicioso, que del mismo terror
haciendo halago que el valor lisonjea, las glorías deletrea entre los caracteres del estrago. O el castigo jamás
se publicara, porque nunca, el delito se intentara, político silencioso antes rompiera los autos del proceso circunspecto
estadista, o en fingida ignorancia simulara, o con secreta pena castigara el insolente exceso, sin que a popular
vista el ejemplar nocivo propusiera; que del mayor delito la malicia peligra en la noticia contagio dilatado
trascendiendo, que singular culpa sólo siendo, dejara más remota a lo ignorado su ejecución, que no a lo escarmentado. Mas
mientras entre escollos zozobraba, confusa la elección, sirtes tocando de imposibles en cuantos intentaba rumbos
seguir, no hallando materia en que cebarse el calor ya, pues su templada llama (llama al fin, aunque más templada
sea) que si su activa emplea operación, consume, si no inflama sin poder excusarse había lentamente el manjar
transformado propia substancia de la ajena hacienda; y el que hervor resultaba bullicioso de la unión entre el húmedo
y ardiente en el maravilloso natural vaso había ya cesado (faltando el medio) y consiguientemente los que de
él ascendiendo soporíferos, húmedos vapores, el trono racional embarazaban desde donde a los miembros derramaban
dulce entorpecimiento a los suaves ardores del calor consumidos, Las cadenas del sueño desataban. Y la falta
sintiendo de alimento los miembros extenuados del descanso cansados, ni del todo despiertos ni dormidos, muestras
de apetecer el movimiento con tardos esperezos ya daban, extendiendo los nervios, poco a poco, entumecidos, y
los cansados huesos, aun sin entero arbitrio de su dueño volviendo al otro lado, a cobrar empezaron los sentidos
dulcemente impedidos del natural beleño su operación los ojos entreabriendo. Y del cerebro ya desocupado los
fantasmas huyeron y como de vapor leve formado en fácil humo, en viento convertida, su forma resolvieron. Así,
linterna mágica, pintadas representa Fingidas en la blanca pared varias figuras de la sombra no menos ayudaba que
de la luz que en trémulos reflejos los competentes lejos guardando de la docta perspectiva en sus ciertas mensuras, de
varias experiencias aprobadas la sombra fugitiva, que en el mismo esplendor se desvanece, cuerpo finge formado de
todas dimensiones adornado cuando a un ser superficie no merece. En tanto el padre de la luz ardiente de acercarse
al oriente ya el término prefijo conocía y al antípoda opuesto despedía con trasmontantes rayos que de su luz
en trémulos desmayos en el punto hace mismo su occidente, que nuestro oriente ilustra luminoso. Pero de venus antes
el hermoso apacible lucero rompió el albor primero y del viejo Titón la bella esposa, amazona de luces mil vestida, contra
la noche armada, hermosa si atrevida, valiente aunque llorosa su frente mostró hermosa de matutinas luces coronada,
aunque tierno preludio, ya animoso del planeta fogoso, que venía las tropas reclutando de bisoñas vislumbres, las
más robustas, veteranas, lumbres para la retaguardia reservando contra la que tirana usurpadora del imperio del
día, negro laurel de sombras mil ceñía y con nocturno cetro pavoroso las sombras gobernaba, de quien aun ella
misma se espantaba. Pero apenas la bella precursora signífera del sol, el luminoso en el oriente tremoló estandarte,
tocando alarma todos los suaves si bélicos clarines de las aves, diestros -aunque sin arte- trompetas sonorosos, cuando,
como tirano al fin, cobarde de recelos medrosos embarazada, bien que hacer alarde intentó de sus fuerzas, oponiendo
de su funesta capa los reparos, breves en ella, de los tajos claros heridas recibiendo, bien que mal satisfecho
su denuedo, pretexto mal formado fue del miedo, su débil resistencia conociendo, a la fuga ya casi cometiendo más
que a la fuerza, el medio de salvarse, ronca tocó bocina a recoger los negros escuadrones para poder en orden retirarse, cuando
de más vecina plenitud de reflejos fué asaltada, que la punta rayó más encumbrada de los del mundo erguidos torreones.
Llegó en efecto el sol cerrando el giro que esculpió de oro sobre azul zafiro de mil multiplicados mil veces
puntos, flujos mil dorados, líneas, digo, de la luz clara salían de su circunferencia luminosa, pautando al cielo
la cerúlea plana y a la que antes funesta fué tirana de su imperio, atrapadas embestían que sin concierto huyendo
presurosa en sus mismos horrores tropezando su sombra iba pisando y llegar al ocaso pretendía con él sin orden
ya, desbaratado ejército de sombras, acosado de la luz de la luz que el alcance le seguía. Consiguió al fin, la vista
del ocaso el fugitivo paso y en su mismo despeño recobrada esforzando el aliento de la ruina, en la mitad del
globo que ha dejado el sol desamparado, segunda vez rebelde determina mirarse coronada, mientras nuestro hemisferio
la dorada ilustraba del sol madeja hermosa, que con luz juiciosa de orden distributivo, repartiendo a las cosas
visibles sus colores iba restituyendo entera a los sentidos exteriores su operación, quedando a la luz más cierta el
mundo iluminado, y yo despierta.
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